viernes, 11 de agosto de 2017

La sociedad del garrote


La sociedad nos ha ido acostumbrando, desde que somos muy pequeños, a que cada cosa que hacemos tiene una recompensa o un castigo. Si te tomas toda la sopa, te compro ese muñequito que tanto quieres; si estudias y haces las tareas, te llevo al cine; si me ayudas a lavar a loza, te compro un celular. Así es en la casa. Y en el colegio los chicos estudian (cuando no es que se copian la tarea de otros) para no reprobar y ser castigados en sus casas. Ya cuando crecemos, lo que hacemos es buscar un trabajo basados en lo que nos pagan y no en lo que nos toca hacer. Solo le damos importancia a la recompensa económica, claro, para poder pagar las deudas y que no nos embarguen la casa, y no sentirnos tan miserables en la escala de la estratificación social, que es lo que, en últimas, más nos importa.

Solo muy pocas veces y en casos muy particulares, alguien se cuestiona por el impacto de sus acciones en la sociedad, más allá de la conveniencia personal. Estamos esquematizados y guiados por lógicas conductistas en donde o es el garrote o es el billete lo que funciona. El niño no estudia porque piense en un futuro con nuevas ideas y transformaciones sociales, sino porque le toca, y si no hay castigo. Y el adulto igual, trabaja sin conciencia, tan solo huyendo de los problemas que le traería el no hacerlo y buscando acumular más y más bienes.

En ese orden de ideas, poco es lo que nos importa que haya basura en la calle, finalmente para eso están los recolectores de basura y los recicladores. Que trabajen y no sean perezosos ni vagos, pero, por favor, si no es mucha molestia, no hagan tanto ruido por la noche porque hoy es lunes y vengo de trabajar. Si quieren hagan todo el ruido el sábado, que voy a hacer una reunioncita para estrenar mis nuevos altoparlantes con los discos de Dario Gómez. Al pie de la puerta les dejo las botellitas de ron.
Mis vecinos se molestaron la otra noche, la del sábado, dizque porque hice mucho ruido. Envidiosos. Lo que pasa es que les molesta que yo estrene equipo de sonido y ellos no. Chusma. Pero como no saben quién soy yo, entonces ahora que me conozcan. Les voy a armar un escándalo en la mitad de la calle a ver si cogen escarmiento y dejan de ser tan sapos.

¡Qué tal! Yo trabajando toda la semana, tratando de dormir con el ruido del camión de la basura, y cuando puedo descansar estos envidiosos no me dejan. Que trabajen y se compren su propio estéreo y con eso no escuchan mi ruido.

Pero volvamos al tema de antes, que ya se me fue la idea. Es que mi vecino, aunque no pudo comprar un equipo como el mío, ahora trae mariachis a las tres de la mañana para contentar a su mujer, que se resbaló en una caca de perro cuando lo vio orinando en el muro de la miscelánea, a la hora en que todos los niños van a comprar los materiales para sus carteleras y así no les pongan cero. Sus rancheras no me dejan concentrar.

Ahora bien, lo que les quería decir es que me parece el colmo que tengan que andar castigándonos por no acatar normas tan sencillas. Lo digo por mi vecino, claro está, que ahora es deudor moroso del Estado por no pagar sus multas a tiempo. Pero allá él, si no aprende, entonces que le den garrote, que le den por donde más le duele, por el bolsillo. Yo por mi parte ya aprendí la lección y no volveré a reincidir en mis faltas, mejor dicho, no me voy a dejar volver a pillar. De aquí en adelante toca andar más avispado que un policía en moto buscando multas.


Juan Hernany Romero C.
@SectaDeLectores

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