La sociedad del garrote
La
sociedad nos ha ido acostumbrando, desde que somos muy pequeños, a que cada
cosa que hacemos tiene una recompensa o un castigo. Si te tomas toda la sopa,
te compro ese muñequito que tanto quieres; si estudias y haces las tareas, te
llevo al cine; si me ayudas a lavar a loza, te compro un celular. Así es en la
casa. Y en el colegio los chicos estudian (cuando no es que se copian la tarea
de otros) para no reprobar y ser castigados en sus casas. Ya cuando crecemos,
lo que hacemos es buscar un trabajo basados en lo que nos pagan y no en lo que
nos toca hacer. Solo le damos importancia a la recompensa económica, claro,
para poder pagar las deudas y que no nos embarguen la casa, y no sentirnos tan
miserables en la escala de la estratificación social, que es lo que, en
últimas, más nos importa.
Solo
muy pocas veces y en casos muy particulares, alguien se cuestiona por el
impacto de sus acciones en la sociedad, más allá de la conveniencia personal.
Estamos esquematizados y guiados por lógicas conductistas en donde o es el
garrote o es el billete lo que funciona. El niño no estudia porque piense en un
futuro con nuevas ideas y transformaciones sociales, sino porque le toca, y si
no hay castigo. Y el adulto igual, trabaja sin conciencia, tan solo huyendo de
los problemas que le traería el no hacerlo y buscando acumular más y más
bienes.
En
ese orden de ideas, poco es lo que nos importa que haya basura en la calle,
finalmente para eso están los recolectores de basura y los recicladores. Que
trabajen y no sean perezosos ni vagos, pero, por favor, si no es mucha
molestia, no hagan tanto ruido por la noche porque hoy es lunes y vengo de
trabajar. Si quieren hagan todo el ruido el sábado, que voy a hacer una
reunioncita para estrenar mis nuevos altoparlantes con los discos de Dario
Gómez. Al pie de la puerta les dejo las botellitas de ron.
Mis
vecinos se molestaron la otra noche, la del sábado, dizque porque hice mucho
ruido. Envidiosos. Lo que pasa es que les molesta que yo estrene equipo de
sonido y ellos no. Chusma. Pero como no saben quién soy yo, entonces ahora que
me conozcan. Les voy a armar un escándalo en la mitad de la calle a ver si
cogen escarmiento y dejan de ser tan sapos.
¡Qué
tal! Yo trabajando toda la semana, tratando de dormir con el ruido del camión
de la basura, y cuando puedo descansar estos envidiosos no me dejan. Que
trabajen y se compren su propio estéreo y con eso no escuchan mi ruido.
Pero
volvamos al tema de antes, que ya se me fue la idea. Es que mi vecino, aunque
no pudo comprar un equipo como el mío, ahora trae mariachis a las tres de la
mañana para contentar a su mujer, que se resbaló en una caca de perro cuando lo
vio orinando en el muro de la miscelánea, a la hora en que todos los niños van
a comprar los materiales para sus carteleras y así no les pongan cero. Sus
rancheras no me dejan concentrar.
Ahora
bien, lo que les quería decir es que me parece el colmo que tengan que andar
castigándonos por no acatar normas tan sencillas. Lo digo por mi vecino, claro
está, que ahora es deudor moroso del Estado por no pagar sus multas a tiempo.
Pero allá él, si no aprende, entonces que le den garrote, que le den por donde
más le duele, por el bolsillo. Yo por mi parte ya aprendí la lección y no
volveré a reincidir en mis faltas, mejor dicho, no me voy a dejar volver a
pillar. De aquí en adelante toca andar más avispado que un policía en moto
buscando multas.
Juan
Hernany Romero C.
@SectaDeLectores

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