Las voces cantantes y disonantes del
periodismo de opinión
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| Fernando González Ochoa |
La
evolución del género de la opinión en el periodismo es uno de los fenómenos más
interesantes de este campo. Es fundamental saber y reconocer que este género no
siempre ha sido tal y como lo conocemos hoy. De eso nos habla el texto Las voces cantantes y disonantes del
periodismo de opinión.
En
primer término, tenemos el panfleto. El panfleto, también llamado libelo
difamatorio o diatriba tenía un carácter sumamente controversial. La sola
palabra lo dice todo: difamatorio. Al ser escrito con objetivos esencialmente
políticos, el panfleto se convirtió en una de las armas ideológicas más comunes
en el siglo XIX.
Tenemos
varios autores que por su perspicacia y precisión se destacaron en este campo. El
caso de Vargas Vila es uno de los más fascinantes. Sus constantes ataques
contra el imperialismo yanqui le costaron el exilio. Cabe anotar que los
grandes escritores de panfletos llegaron a tener sonoridad en el campo de la
literatura. No se quedan atrás los casos
de El Indio Uribe o el Ñito Restrepo, quienes fueron grandes
precursores del movimiento liberal en Colombia.
En
el texto se señalan dos autores destacados por sus rasgos característicos. Por
un lado está Laureano Gómez, y por el otro Fernando González Ochoa, el filósofo
pisa, el pensador de Otraparte. Apunto que no estoy de acuerdo con esta
comparación, ya que Gómez fue un hombre de Estado y González un filósofo. El
hecho de que se hayan hecho panfletos en una época determinada no quiere decir
que sean de la misma calaña.
Pasamos
así al editorial. De los más destacados y puesto como precursor y genio del
editorial está Rafaeil Núñez. El editorial no perdía el picante, la sátira, lo
provocador del panfleto. El tema político se mantiene, pero cambia de
perspectiva: pasa de políticos a periodistas de oficio. Así tenemos, por
ejemplo, a Fidel Cano de El Espectador.
Cabe anotar que a nivel ideológico y político el editorial fue definitvo: “Jorge
Eliécer Gaitán en la tribuna y José Mar
en la prensa son los verdaderos responsables de las tendencias revolucionarias
en el país”.
El
suelto es o fue un género del que hoy poco o nada se habla. Eran latigazos
cortos, certeros, de interés público. El suelto tiene como rasgo el
atrevimiento. Muchos lo consideraron un pequeño panfleto, un hijo menor de él.
Con el tiempo, el género se fue puliendo en su estilo y llego a la forma de versos
irónicos, décimas, “ensaladillas”, paliques, epigramas y aforismos. Si nos
detenemos a pensar, la producción de estos textos debía quedar en manos de
grandes conocedores del lenguaje, de gran ingenio y perspicacia.
Entramos
de ese modo a las columnas vertebrales. . Muy común fue el hecho de que los
columnistas utilizaran seudónimos. Fueron gran caldo de cultivo para el
desarrollo de estilo y filiaciones políticas.
Volvamos
una vez más al pensador de Otraparte. Los periódicos La organización, El Sol y El Espectador fueron propicios para sus
publicaciones. Lo destaco porque es diferente a todos los demás, pulló
verdaderamente, pero lo hizo con dignidad, sin gritar, con un lenguaje
cultivado pero sencillo, con un profuundo sentido de la filosofía y la
sociedad. Miren ustedes al maestro González: “Voy a bregar, en forma de
monólogo, porque aquí no hay con quién. Serán monólogos en que vaya diciendo lo
que vivo, sin llegar a conclusiones finales, pues solo los muertos no padecen
ya”. Me arriesgo a decir que se aproxima un poco a nuestro contemporáneo
Fernando Araújo Vélez, El caminante, también de El Espectador.
Destaco
también, por su influencia y renombre, el trabajo de Yamid Amat como columnista.
Su “chismecillos” político, publicados bajo su seudónimo Juan Lumumba, son un gran ejemplo de estilo y gracia.
Qué
interesante es hablar hoy de los llamados columnistas filólogos y críticos. Solo
con oír apellidos como Caro, Cuervo, Suárez o Marroquín sabemos a qué nos
enfrentamos. Hay, evidentemente, una gran preocupación por el lenguaje, por la
cultura, por el idioma. Vivir en la época en que Rufino José Cuervo publicaba
sería una maravilla. Pocos referentes como él. Por su puesto, la crítica
literaria jugó un papel preponderante en este contexto. La gente no solo se
informaba. La gente se educaba, se divertía, aprendía el buen lenguaje, se
cultivaba y contrastaba. Eduardo Zalamea Borda fue un referente excepcional y
un verdadero ejemplo de escritura. Hacía de las lecturas dominicales un plato
gourmet, una delicia, una exquisitez.
Cerramos
con la crítica gráfica. La conocemos mejor como caricatura y no es menos
importante que los otros géneros. Tomemos las palabras de Adolfo Samper: “La
caricatura es a la pintura lo que el periodismo a la literatura: una faena de
improvisación, de esgrima intelectual, ágil pero eminentemente circunstancial,
agradable pero perecedera. La caricatura, como la nota editorial, pierde
sustancia y significado con el paso del tiempo”.
No
cabe duda que la caricatura debe ser feroz, puntual, precisa, sustancial,
directa. No es nada fácil de hacer y su producción abarca muchos campos. Pasar
por la cronología de los caricaturistas más destacados de Colombia es tarea del
lector, pero tener en cuenta a los más contemporáneos es fundamental para
entender el periodismo de opinión. No dejemos de destacar el trabajo de Antonio
Caballero, Héctor Osuna o Carlos Mario Gallego, Mico.
El
valor de la opinión es enorme y representa la piedra angular del periodismo en
su relación con el pensamiento y la formación de criterio en todo el mundo.
Juan
Hernany Romero C.

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